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Silvia Rivera Barrientos, vive y trabaja en Castro. Tuvo conciencia de ser pintora desde temprana edad, que su destino tenía que ver con observar y retener imágenes, escenas, visiones o recuerdos, para convertirlas alguna vez en pinturas, en un album vivencial, personal y familiar. Desde la primera infancia llenaba pequeños cuadernos -costumbre que nunca ha dejado- con bocetos y anotaciones de los cuadros que algún día realizaría cuando fuera mayor. Participando en concursos escolares de pintura, en una oportunidad ganó un premio que la llevó a España para visitar museos de arte, lo que confirmó tempranamente que el arte sería su vocación. Al encontrarse, cara a cara, con las obras de Velázquez, Goya, Rembrandt o Rubens, comprendió de que se trataba el arte.

 

Su facultad para soñar e imaginar, es una capacidad personal y a la ves es un sueño chilote colectivo, que a pesar de los años, de las sucesivas formas culturales y religiosas que se han superpuesto a la historia de Chiloé, no se ha extinguido ni impedido. 

Las pinturas de Rivera tienen una función social y curativa a través de la creación de escenas de fuentes diversas, recordadas o imaginadas, de cómo era la vida antes, el fogón chilote que unía a
la gente,
o cómo la gente vivía solidariamente en medio de la pobreza. Su imaginación viaja a través del tiempo entre la mitología, la historia y la realidad vivida: el embarcadero, la feria, la estación de tren de Castro, los palafitos y el horizonte marino; las nubes y las revelaciones que emergen de ellas, el zarpar de las mitologías que escapan del continente; la Pincoya, protectora de las aguas; el Trauko, cuidador de los bosques, fauna y vida en todas sus formas que anuncia milagros o desgracias.

Texto por Dan Cameron y Ramón Castillo

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