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El arte multifacético producido en la soledad bucólica de Guillermo Grez llega como si fuera una cosecha generosa como resultado de una extensa autotransformación que emprendió tras su llegada a Chiloé hace varias décadas. Autodidacta, más por una cuestión de temperamento que de diseño, Grez ha desarrollado su arte a partir de la necesidad profundamente arraigada de retener e interpretar los detalles de un viaje metafísico que abarca toda
la vida. Entre otras fuentes para su trabajo, está la práctica diaria de la contemplación que le ha ayudado a generar un inmenso alfabeto de personajes simbólicos y estructuras icónicas, todos los cuales entreteje en una intrincada narrativa de deseo, asombro y dicha.

 

Debido a que cambia aparentemente sin esfuerzo, de materiales y técnicas, una típica visita al estudio de Guillermo Grez incluye una variedad inesperada de imágenes provenientes de pinturas, dibujos y collages. También se pueden encontrar en cualquier muro o rincón de la casa con nuevas creaciones en forma de lujosas prendas ceremoniales o de relieves íntimamente ensamblados en cartón, textil o madera. Esto puede dificultar la caracterización
del arte de Grez al utilizar descripciones convencionales de medio, forma y contenido.
Según sus propios relatos, las cosas que hacía con sus manos, oscilaron durante años entre la artesanía y las bellas artes. Hoy en día, lo primero que muchos espectadores observan en su obra es la originalidad de un trabajo manual preciso y delirante al mismo tiempo.

De hecho, a veces la sensibilidad de Grez nos recuerda a la de un miniaturista, pero también con una pizca de realismo mágico. Dentro de sus obras de mayor formato nuestra mirada genera una tensión dinámica al navegar, de un lado a otro, entre los detalles densamente entrelazados de materiales y texturas con la composición de múltiples capas que se abren a muchos mundos.

 

Fiel a la decisión inicial de que su vida chilota siguiera la especulativa trayectoria interior de un artista. Hoy la misión artística de Guillermo Grez brota directamente de la inspiración que extrae de su tierra adoptiva. Como tantos trasplantados a lo largo de la historia humana, Grez nunca buscó ser adoptado por Chiloé sino más bien rendirle un homenaje a su gente, su cultura, historias, secretos, sabidurías y mitos. En ese sentido, sería una búsqueda en vano tratar de relacionar literalmente cualquiera de los íconos de la identidad chilota con su arte. De alguna forma, Grez ha dedicado su imaginación al estudio de su propia vida onírica, que a su vez está poblada por destellos de una realidad cotidiana que reverbera con algo inequívoco y misteriosamente chilote.

Texto por Dan Cameron y Ramón Castillo

Texto por Dan Cameron y Ramón Castillo

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